Los galianos

Galianos

                                                         Un buen plato de Galianos

 

 

 

 

 

GALIANOS

 

–       ¡Papá, papá!

 

Lo veo entrar con una gran sonrisa y esa chaqueta de punto beige que se abrocha con una cremallera de alto en bajo, la escopeta al hombro y el morral a la espalda con los bichos colgando. Corro a abrazarlo.

 

Huele a leña, a campo, a seguridad, a amor.

 

–       Hola pitoncillo. ¿Cómo está mi niña?

–       Quería ir contigo y no me has llamado.

–       Uy, que carusa tan fea… Esta mañana hacía mucho frío y dormías muy feliz. Me ha dado pena despertarte.

–        ¿Qué traes?

–       Una liebre, dos codornices y una perdiz.

 

Veo su cara de satisfacción y el corazón se me llena de alegría y orgullo, aunque no puedo ver los animales sin sentir tristeza.

 

–       Mamá, ¿los vas a escabechar?.- El escabeche es Gloria Bendita.

–       No. Hoy vamos a hacer galianos. Les diremos a los abuelos que se bajen a comer con nosotros.

 

El día que se hacen galianos, es como una fiesta, pues siempre viene gente invitada a comer.

 

–       ¿Te puedo ayudar?. Por favor, déjame ayudarte…

–       Si. Me ayudarás… a caer.

 

No hago caso y pienso en como serán esos galianos, mientras voy al garaje donde están los gorrinos. También tenemos gallinas, conejos y cabras.  Mi madre  cuida de los animales y hace las mejores comidas.

 

Al lado de la casa hay un ranal y en las noches de primavera no hay mejor canción de cuna que el canto de las ranas.

 

Cuando vuelvo ella ya ha arreglado los animales, y  cuelgan escurriendo encima de la pila.

 

–       Mamá, dame la piel de la liebre, que me voy a hacer un gorro.

–       Siempre estás con tus ocurrencias.

–       Dámela mamá.

–       Se ha hecho polvo. No la he podido sacar entera. No me enredes.

 

Prepara una gran olla con agua, donde coloca en trozos grandes, dos perdices, una codorniz, media liebre, una cebolla y laurel, poniéndola a hervir. Según mi madre para que salga un buen caldo.

 

Coloca un montón de harina encima del banco de la cocina y ya no me puedo resitir.

 

– Mamá, ¿Qué vas a hacer ahora?, ¿Te puedo ayudar ya?

– Lávate las manos y ven.

 

A la harina se le añade algo de agua y se va amasando hasta tener una bola que no se pegue. Luego con el rodillo la hace muy muy fina y la mete al horno de la cocinilla.

 

–       Ni se te ocurra echarle leña a la cocinilla que se me abrasa la torta.

 

Y yo pensando en lo difícil que debe ser, dominar el fuego, para que la torta no se queme en el fuego, pero el caldo que está encima de la cocinilla siga hirviendo a todo meter. Después de mirar un buen rato, llego a la conclusión de que algo de magia tiene que haber.

 

Pelamos patatas y las cortamos en rodajas finas. Aunque yo todavía voy por la primera patata. Es dificilísimo pelarlas.

 

Pone una sartén honda con aceite de oliva que trae mi padre de Ciudad Real y fríe las patatas, con sal y media cebolla cortada a trozos pequeños. Muy fritas, pero sin que lleguen a tostarse.

 

El caldo lleva una hora cociendo y ya huele divino. Veo que saca la carne y le quita todos los huesos, haciéndola trocitos más pequeños.

 

Lo hace con gran destreza, mientras va y viene al garaje, para dar vuelta a la ropa que está en remojo en la misma cubeta en la que nos bañamos los domingos.

 

Cuando mi madre hace las cosas, parecen tan sencillas…

 

El pan fino, se ha cocido en la cocinilla. Se ha quedado como una torta fina y dura.

 

-Toma, esto puedes ir haciéndolo trocitos.

 

Echa un poquito de pimentón a las patatas y según dice ella, lo marea todo, añadiendo el caldo que ya huele que alimenta hasta cubrir las patatas.

 

Cuando empiezan a hervir las patatas y están blanditas, añade la carne desmigajada y la torta de pan que he troceado. Vuelve a añadir caldo para cubrirlo todo.

 

La sartén cobra vida y las bombas de agua al hervir, explotan dejando un gran olor en la cocina. Poco a poco el caldo va espesando. Las burbujas se van haciendo más densas y olorosas. Mi madre no deja de remover para que no se peguen. Dice que el pan espesa el caldo, pero también se agarra a la sartén.

 

Cuando todo está bien trabado, le añade pimienta y canela… Y justo en ese momento el olor se torna en una comida muy familiar y deliciosa.

 

 

Huele a GALIANOS.

 

 

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