Las Patatas con bacalao del Autillo

PATATAS CON BACALAO

El tío Ceferino ha dicho hoy que las nieves no tardarán en llegar. Como mucho el pueblo se verá blanco dentro de un mes. Ha cambiado el viento y la veleta de la torre apunta desafiante hacia Alcoroches.

Todo está preparado para partir mañana. Los corderos se quedan. El resto del rebaño saldrá. Aún con estrellas salimos de Orea todos juntos. En total quince pastores con cuatro rebaños.

Cruzaremos Sierra Molina, para llegar a la provincia de Cuenca, bajando el Cubillo y por Valdemeca hasta Carboneras de Guadazaón para coger el tren que nos llevará a Andalucía.  Todos vamos a Jaén, a la Carolina.

Cuando el sol está en lo alto y las tripas rugen como leones, veo el humo de la lumbre. El tío Felix, se ha adelantado para preparar el almuerzo. Hemos pasado la Chaparrilla y  llegamos al alto de los Castillejos, justo cuando las patatas empiezan a cocer.

Del trípode cuelga la sartén sobre el fuego.

Después de sofreir en aceite de oliva una cebolla picada, un buen puñado de setas de cardo recién cogidas y un puñado de migas de bacalao sin desalar, el tío Félix le ha echado las patatas cortadas en finas rodajas y sin dejar de marearlas les añade pimentón y dos hojas de laurel.

   – Corre, tráeme el agua que no se queme el pimentón.

Me hace echar el agua en la sartén hasta que cubro las patatas

– Ya?

– No. Tiene que haber como un dedo por encima de las patatas, si no luego no se quedan caldosas.

– Vale. Y la sal. Se la echamos ya?

– No. Tiene que cocer el bacalao y soltar toda la sal.

–  ¿Cómo sabe que no se van a quedar saladas?

– Somos quince.

– He utilizado diez patatas como esta. ¿ves? Como mi puño. Si hubiéramos sido sólo cuatro,       habría lavado el bacalao y lo habría metido en agua mientras preparo la lumbre y el trípode. Habría utilizado tres patatas y menos agua, por lo que se habrían quedado saladas si no desalo un poco el bacalao.

– Pero, ¿cómo lo sabe?.

– Jajajaja, la comida te lo dice muchacho.

Callo y miro como remueve de cuando en cuando las patatas con mucha destreza. Están cociendo y según me dice tienen que espesar un poco el caldo sin llegar a deshacerse.

Todo el mundo admira al tío Félix.

Es capaz de matar una liebre acamada, con un solo golpe de su garrota. Las ve. Las ve desde lejos. Pasa a su lado como si fuera casual y cuando parece que pasa de largo, les asesta un golpe mortal.

– Tío Félix ¿y los huevos?. ¿De donde los ha sacao?

Una de las cosas que todos sabemos es que no podremos comer todos los productos frescos que nos gustaría y los huevos son uno de los más preciados.

– Me los ha dado la tía Sira al pasar por la Chaparrilla.

– Pensaba que íbamos a comer allí.

– No nos podemos enredar. Si nos coge la nieve, se mueren las ovejas.

– ¿No los echa enteros?

– Somos muchos y no caben todos en la sartén. Para cuatro, los echaría enteros, dejando dar un hervor y sacar rápido para que la yema no se quede dura.¿Ves?. Toma. Prueba las patatas.

Las patatas tienen un maravilloso sabor y están en su punto, más bien deshechas que enteras.

– Están buenísimas.

– Pues espera. Mira el secreto es este.

– ¿Qué es eso?

– Son tres dientes de ajo bien machacados. Los echo junto con los huevos batidos, que hierva un minuto y se sacan. Ya sabes. Ajo cocido, ajo perdido.

Retira la sartén del fuego y me las vuelve a dar a probar.

Un sabor completo, que antes no había notado me llena la boca. Da pena tragarlas.

 Se ha dado cuenta de mi cara y ríe.

– Vete a llamarlos a todos. La comida está lista.

 

 

Marta Corella

 

 

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